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Reflexiones acerca de las personas en situacion de calle

4/3/2007 6:40:10 PM
Edison Márquez Neira - Nicolás Rojas Pedemonte


Edison Márquez Neira - Nicolás Rojas Pedemonte

Santiago de Chile, Diciembre, 2006.

Red Calle es una organización que aglomera a diversos actores de la Sociedad Civil involucrados en el trabajo con personas en situación de calle, de modo que las particulares opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y podrían no coincidir con las ideas comunes de la Organización.

Presentación

Los artículos que se presentan a continuación corresponden a dos etapas de un mismo proceso de diálogo y reflexión al interior de Acogida –programa perteneciente al Área Hospederías de la Fundación Hogar de Cristo de Santiago. A partir de un impulso deliberado desde el equipo coordinador de esta Área al desarrollo teórico-investigativo en la temática de personas en situación de calle, se conformó durante el año 2006 un equipo multidisciplinario en el que se insertan los autores, ambos de formación sociológica.

Habiendo estado a cargo de una revisión bibliográfica de temáticas asociadas a la situación de calle, Nicolás Rojas elaboró en agosto de 2006 el primer documento presentado a continuación. Este texto, escrito con la pretensión de ser una propuesta conceptual preliminar a la reflexión sobre esta temática, resultó dar -a la postre- cierto soporte conceptual para la subsiguiente reflexión de Edison Márquez. Por su parte, este último, durante el período regular de su práctica profesional exigida por la Escuela de Sociología de la Universidad de Chile, desarrolló un documento de reflexión que, más que ofrecer respuestas, abre interrogantes y posibilidades psicosociales y -¿por qué no?- posibles ópticas de análisis para este fenómeno. Tal como el primer documento surge a la luz de la interlocución con Luis Ossa -en ese entonces coordinador de Acogida- y del precedente sentado por el artículo "Personas en Situación de Calle y Discapacidad Psíquica o Mental" (Ossa, Lowick, Egenau, López. 2004), el texto de Edison Márquez gravita en torno a un cotidiano diálogo con Nicolás Rojas -quien se desempeñaba como el supervisor de su práctica profesional- y del intercambio de pareceres con el equipo de Acogida y por cierto, con quienes resultaba ineludible, las mismas personas en situación de calle.

Es oportuno, además, recordar que todo este proceso creativo se enmarcaba en un momento de relieve histórico, donde el Gobierno de Chile se articulaba con la Sociedad Civil -encarnada en las ONGS aglutinadas en la Red Calle y Revolución Kallejera, la novedosa organización de personas en situación de calle- con el objetivo de diseñar una política pública para las personas en situación de calle.
De esta manera entonces, no es posible comprender cabalmente los siguientes artículos sin considerar que ambos responden a procesos conjuntos de reflexión y a un momento histórico particular. Si bien cada uno de ellos posee su especificidad y estilo propio, el hilo conductor que los atraviesa responde a una misma necesidad: contribuir a una mejor comprensión de la problemática de las personas en situación de calle. Es de esperar que este proceso de reflexión e investigación continúe con nuevos bríos y sume cada vez más a nuevos actores.

Santiago, Diciembre, 2006

I. Personas en Situación de Calle en la perspectiva de la Exclusión y la Vulnerabilidad Social

Aproximaciones a la construcción de un marco comprensivo

Nicolás Rojas Pedemonte

Ciertos sectores de la población latinoamericana que eran considerados “meramente” pobres, en las tres últimas décadas, han dejado ver el carácter multivariado de su situación, principalmente, a la luz de su perfil renuente a las políticas públicas implementadas en la región. Se han visualizado dificultades de abordaje con estos sectores, relevándose la necesidad de incorporar un enfoque integral, que considere a los factores económicos como necesarios pero no suficientes, para la generación de estrategias de intervención efectivas. En efecto, hoy es de consenso que la pobreza se trataría de un fenómeno multidimensional que tendría estrecha relación con los fenómenos de exclusión social, como con aquellos relativos a la vulnerabilidad social. Si bien este incipiente enfoque multidimensional ha comenzado a ganar densidad teórica, el carácter dinámico e histórico de los procesos involucrados en estas problemáticas, otorga complejidad a su desarrollo operativo. De tal modo, contar con una respuesta precisa respecto a la intensidad de las relaciones entre las distintas dimensiones, sus interacciones y el peso específico que tiene cada una de éstas, se presenta como un desafío que amerita aproximaciones -por parte de la comunidad científica y las instituciones que trabajan con estas poblaciones- a los contextos socio históricos particulares, pues no existe una dinámica universal de la pobreza, la vulnerabilidad y la exclusión social.

Entre los grupos, por antonomasia, más renuentes a las políticas públicas se encuentran las personas en situación de calle. Se trata de aquel grupo social que en otros países ha sido llamado “homeless” (Estados Unidos), “clochard”, “sans domicilie fixe” (Francia), “indigentes” (México), “linyeras”, “crotos”, “vagabundos”, “sin techo”(Argentina), “população de rua”(Brasil), “transeúntes” (España). Esta población -que a pesar de la disminución estadística de la pobreza en algunos países de América Latina, sigue existiendo y generando intentos de erradicación- ha sido recientemente catastrada por el Gobierno de Chile y la Red Calle, y visibilizada bajo la denominación utilizada en este texto. Persona en Situación de Calle, se presenta como una noción no excluyente de la de Homeless, pero más amplia, pues alude a procesos diversos y no a una condición estática, a una circunstancia y no a un atributo inherente a la persona, a múltiples factores y no a una causa.

A continuación se presentan las dos principales perspectivas con las que resulta posible abordar la situación de calle: la exclusión y la vulnerabilidad social. En vista del poco consenso académico entorno a la exclusión, ésta será expuesta desde distintas perspectivas, mientras que el amplio acuerdo acerca de la vulnerabilidad, permite que ésta sea presentada desde las dos principales perspectivas imperantes, las de R. Kaztman y la de C. Moser.

Perspectiva de la Exclusión Social

Para referirse al concepto de exclusión social resulta necesario cierto grado de cautela, pues se trata de una noción polisémica, con significaciones diversas y límites difusos. No existe consenso en torno a la exclusión, sino más bien, nos encontramos frente a una serie de intentos disgregados que apuntan a la operacionalización de un término que aún no alcanza un carácter del todo operativo. Si bien -como es costumbre en las ciencias sociales- esta noción no cuenta aún con una definición consensuada, desde la ONU (PNUD y OIT) se ha propagado, en las últimas dos décadas, su uso hacia las política públicas, y los medios académicos y comunicacionales.

De exclusión social, propiamente tal, se comenzó a hablar en la Europa de los 70 con la crisis del Estado de Bienestar y el aumento del desempleo, mientras en América Latina, se comenzaba a desarrollar la famosa disputa entre Nun y Cardoso respecto a la noción de masa marginal. Tanto “Les exclus” (1974) de René Lenior, como los artículos “Superpoblación relativa, ejercito industrial de reserva y masa marginal” (1969) y “Marginalidad y otras cuestiones” (1971) de José Nun, así como también “Comentario sobre los conceptos de sobrepoblación relativa y marginalidad” (1970) de Fernando Enrique Cardoso, gravitaban, principalmente, en torno a la dimensión económica de la exclusión. No obstante, este análisis reduccionista -pero justificado por los altos niveles de desempleo de la época- comienza a desdibujarse cuando los indicadores macroeconómicos comienzan a repuntar a fines de los 80 y se logra visualizar nuevas dimensiones o factores asociados a las desventajas y deprivaciones sociales.

Sociológicamente hablando, es posible atisbar la temática de la exclusión cuando Emile Durkheim, en 1893, se pregunta por las nuevas dinámicas de integración en la sociedad moderna. Al contrario de las sociedades tradicionales, la división social del trabajo de la sociedad moderna generaría una solidaridad por diferenciación funcional que, al no asegurar de suyo la incorporación de todos los órganos al cuerpo social, descansaría fuertemente en la capacidad integrativa de una moral propagada desde las instituciones (familia, escuela, Estado, etc.). De modo que las instituciones sociales serían las encargadas de velar por la integración de todos los individuos al núcleo normativo secular o, en otros términos, evitar el desajuste entre los valores o motivaciones individuales y la moral: la anomia. Sería, precisamente, en sociedades con segmentos sociales profundamente distanciados de las representaciones colectivas encarnadas por las instituciones, donde se gatillarían las más pronunciadas situaciones de desintegración social.

En esta perspectiva, la incapacidad de la sociedad de incorporar a todos los individuos en un sustrato normativo común, estaría situada en una tensión entre integración y desintegración, presente, con particulares dinámicas, en todas las sociedades.

Por su parte, los fundadores alemanes de la sociología, Marx y Weber, no centraron su enfoque en esta problemática, pero sí la abordaron tangencialmente desde el estudio de las relaciones sociales asimétricas de explotación y dominación, respectivamente. No obstante, la noción marxista de ejército industrial de reserva, formulada como aquel excedente rotativo de trabajadores desempleados, dio pié a varios estudios que vieron en la dimensión laboral a aquel factor determinante en la problemática de la exclusión social. El prolífico desarrollo de planteamientos en esta dirección, destacó la crisis del Estado de Bienestar, junto al desempleo y la precarización del trabajo que trajo consigo, como el fundamento de las nuevas desventajas de los sectores más empobrecidos.

Si bien Durkheim ya había reparado en que el potencial de la desintegración radica en aquellos individuos que resultan innecesarios para el engranaje social, es José Nun quien complementando la noción marxista de ejército industrial de reserva, visibilizó explícitamente a cierto grupo que, estando desempleado, no establece una relación funcional con el modo de producción capitalista. Se refiere a aquellos inempleables supernumerarios (como diría Castel), que indirectamente no bajan los salarios al competir en el mercado del trabajo y, por lo tanto, no establecen una relación funcional con el modo de producción. Lo interesante radica en que los marginales se constituirían como tal, no desde la posición que ocupan, sino a partir de la relación que el sistema económico establece con ellos. Son aquellos sin posibilidad alguna de acceder a los empleos del sector hegemónico de la producción, pues son considerados innecesarios según los mecanismos de respuesta que se les dirige, con implicancias a nivel político e ideológico. “La categoría implica así una doble referencia al sistema que, por un lado genera este excedente, y por el otro, no precisa de él para seguir funcionando” (Nun, 1969).

Con bastante posterioridad, cuando en las últimas dos décadas el crecimiento económico y la disminución del desempleo no redundó necesariamente en reducción de las deprivaciones, ganaron poder explicativo aquellas perspectivas multidimesionales que sobrepasaban los análisis economicistas de la pobreza y la exclusión, asociadas al ingreso y el empleo, respectivamente. Se reconoce que “si bien en el pasado la condición de pobreza se encontraba asociada a una situación de exclusión respecto al mercado del trabajo, en la actualidad la inserción en él, no implica la superación de esta condición social.” (Castel, 2000).La exclusión comenzaría a ser entendida, como un fenómeno “producido por la interacción de una pluralidad de procesos o factores que afectan a los individuos o grupos humanos impidiéndoles acceder a un nivel de calidad de vida decente y/o utilizar plenamente sus capacidades” (Quinti, 1999)

A sabiendas de la ausencia de una definición unívoca de exclusión social, se mencionaran a continuación los principales complementos incorporados a su conceptualización. Favorablemente, el concepto ha perdido su carácter reduccionista y destacados autores le han añadido significativos aspectos. En esta nueva mirada la exclusión comienza ser entendida en términos relacionales, pero ya no sólo de relaciones del individuo con el sistema económico, como apuntaba Nun, sino con la sociedad en su conjunto. La exclusión consistiría en “la fragilización de los soportes relacionales que aseguran la inserción en un medio en el que resulta humano vivir” (Castel.1995), o en “el quebrantamiento de los vínculos sociales y simbólicos -con significación económica, institucional e individual- que normalmente unen al individuo con la sociedad. La exclusión acarrea a la persona el riesgo de quedar privada del intercambio material y simbólico con la sociedad en su conjunto”. (De los Rios, et al 1996). De tal modo, la exclusión explicita su carácter social y descarta toda naturalización.

En estas definiciones se deja entrever el carácter dinámico y no estático del fenómeno. En general, para todos los autores la dimensión temporal reviste un carácter particular en el nuevo esquema de análisis, pero Manuel Castells, Robert Castel y Estanislao Gacitúa son quienes lo enfatizan con mayor insistencia. Para Gacitúa “la dimensión temporal indica que la exclusión es el resultado de un proceso en el tiempo. Esto es, la evolución y acumulación de factores (de) riesgo en circunstancias históricas particulares” (Gacitúa, et al. 2000). Si se reconoce el carácter relacional de la exclusión, resulta posible convenir con R. Castel cuando menciona que “ni el individuo ni el trabajo, ni sus relaciones son establecidas de una vez y para siempre, sino que por el contrario, éstos se construyen y se transforman a lo largo de la historia”. (Castel, 2000). De tal modo, se entiende la exclusión no como un estado permanente, sino como un “proceso gradual” (De los Rios, et al. 1996), posible de agudizarse, en cierto grado perpetuarse o, por lo contrario, revertirse. Así, en estricto sentido, solo resultaría posible sostener que una persona atraviesa por una situación de exclusión y no que es una persona excluida, pues la exclusión no sería un atributo inherente a las personas.

Consustancial a ésta, aparece la dimensión espacial que establece que los individuos son excluidos en momentos y lugares determinados. Se repara en que la repartición de los excluidos “responde a la interacción de múltiples factores (como son la integración a mercados, sistemas de producción, patrones de asentamiento, etc.) que en definitiva se articulan en un territorio determinado” (Gacitúa, et al. 2000).

Tal como se mencionó más arriba, estas nuevas perspectivas contemplan la posibilidad de que el individuo, como sujeto de su propia historia, pueda revertir la situación en que se encuentra. Pues se trataría de nuevas conceptualizaciones de la exclusión que permiten “entender con mayor claridad las relaciones e interacciones entre diversos factores y el papel que juegan los (propios) actores sociales en la generación de dicho resultado” (Gacitúa, et al. 2000).

Complementaria a estas definiciones es la alusión al nivel de participación social, en el amplio sentido del término, con la cual los excluidos van a ser definidos como las personas y grupos que son total o parcialmente excluidos de su completa participación en la sociedad en que viven” (European Foundation, 1995). De tal manera “la exclusión social se puede definir como la imposibilidad de un sujeto o grupo social para participar efectivamente a nivel económico, social, cultural, político e institucional” (Gacitúa, et al. 2000). En este sentido resultaría dificultoso establecer cohesión social en sociedades con desafíos pendientes en materia de democratización social y política, donde la integración descansa, muchas veces, en un ámbito cuestionado en su capacidad integrativa: el consumo. Ciertamente, la participación ciudadana se perfila, desde esta perspectiva, como una dimensión preponderante -pero muchas veces desatendida- de la exclusión social.

Por otro lado, es de extendida aceptación la idea de que la noción de exclusión “establece una nueva forma de diferenciación social entre los que están ‘dentro’ (incluidos) y los que están ‘fuera’ (excluidos) (Gacitúa, et al 2001)”. No obstante, como apunta Francoise Dubet (2000), la exclusión se presenta en diversos grados en las distintas personas o grupos sociales. De modo que resulta imposible establecer un cordón de corte entre quienes salen a flote y quienes caen, por un razón de fondo: no es que haya un “in” y un “out”, sino un continuo de posiciones que coexisten en un mismo conjunto y “se contaminan” recíprocamente (Castel, 2000). Por esta certera razón Castel prefiere hablar de desafiliados o desligados, descartando una noción tan taxativa como la de excluidos. Con todo, para muchos resulta posible referirse indistintamente a desafiliación y exclusión, en virtud del incipiente desarrollo teórico de estas nociones.

Por último, se reconoce que la exclusión social presenta tanto dimensiones objetivas como subjetivas, siendo las primeras las condiciones manifiestas de su situación y las segundas, la percepción que tienen los sujetos de sí mismos, de su situación, y de sus mecanismo de acción. Empero, la discrepancia radica en cuáles serían estas dimensiones, de manera que resulta apropiado presentar algunas de las propuestas de los autores:

Según J. García Roca (1998), las dimensiones de la exclusión corresponderían a las siguientes:

A. DIMENSIÓN ESTRUCTURAL O ECONÓMICA: Carencia de recursos materiales, derivada de la exclusión del mercado de trabajo.

B. DIMENSIÓN CONTEXTUAL O SOCIAL: Caracterizada por la falta de integración en la vida familiar y en la comunidad de pertenencia.

C. DIMENSIÓN SUBJETIVA O PERSONAL: a. Ruptura de la comunicación.
b. Debilidad de la significación y erosión de las dimensiones vitales.

Por su parte, Gacitúa en el año 2000 propuso un esquema muy similar a uno propuesto por De Los Rios en 1996. A continuación, se presenta una combinación de estas dos propuestas:

A. DIMENSIÓN ECONÓMICA: deprivación material y acceso a mercados y servicios que garanticen las necesidades básicas. (Gacitúa, et al. 2000).

B. DIMENSIÓN POLÍTICA INSTITUCIONAL: carencia de derechos civiles y políticos que garanticen la participación ciudadana. (Gacitúa, et al. 2000).

C. DIMENSIÓN SOCIOCULTURAL: procesos que dificultan o impiden la incorporación de las personas a la dinámica de la sociedad (De los Rios, et al. 1996). Por un lado, a nivel de las redes sociales primarias debilitadas, y por otro, a nivel de la cultura y el agotamiento de los sistemas de representación e imágenes colectivas.

No obstante, a partir de diversas definiciones de exclusión, pero principalmente de las de Lo Vuolo, R (1995) y Gacitúa (2001) se propone la siguiente definición de exclusión social:

Se entenderá la exclusión social como aquellos procesos dinámicos y reversibles de desvinculación social, que propician el aislamiento, el rechazo y el no acceso a la participación y a niveles de subsistencia socialmente aceptables. Serían los propios actores quienes encarnan, en particulares momentos y espacios, estos procesos. De modo que en una combinación de dimensiones económicas, políticas, socioculturales, biológicas y psicológicas, los actores participan con roles y sentidos particulares en las dinámicas de la exclusión. No obstante, en ningún caso serían éstos los portadores de la exclusión social, pues ésta no se refiere a un atributo intrínseco a su constitución como personas.


Modelo Activos, Vulnerabilidad y Estructura de Oportunidades (AVEO)

Como será posible entrever en el siguiente apartado, se adhiere a una perspectiva teórica que integra los paradigmas de la vulnerabilidad y la exclusión social. Por cierto, no existe consenso respecto a la validez de una u otra perspectiva, pero sí se reconoce la necesidad de complementarlas, pues si bien desde la perspectiva de la vulnerabilidad se crítica el eurocentrismo de la noción de exclusión, su anacronismo frente a los nuevos fenómenos culturales inclusivos, su fetichización de la dimensión laboral y, principalmente, su bajo nivel operativo ; en dirección contraria, se levantan sospechas respecto a cierta miopía de la perspectiva de los “activos”(Vulnerabilidad) respecto a las “dimensiones estructurales” y los “procesos dinámicos de desvinculación”.

Ciertamente, el paradigma de la vulnerabilidad es tributario del de la exclusión y debiese, per se, incorporar las perspectivas contextual y procesual, no obstante, ha sido en los últimos 5 años cuando éstas se han relevado, principal desde las crítica de Kaztman y Filgueira al Asset Vulnerability Framework. Resulta evidente el aporte de la perspectiva de la exclusión a aquella de la vulnerabilidad en el énfasis relacional puesto -durante los últimos años- en la estructura de oportunidades por estos autores, e incluso con el reconocimiento –por parte de Moser y Norton- del “vulnerability context in which assets exist (the trends, shocks, and local cultural practices which affect livelihoods), as well as the structures (organisations from government through to the private sector) and processes (police, laws, rules of the game and incentives) that define people’s livelihood options.”(Moser y Norton, 2001:6).

Resulta ineludible en las intervenciones y estudios con personas en situación de calle, generar una convergencia entre estas dos perspectivas , pues, aquella que enfatiza los activos aporta su potencial operativo, enfocando la mirada en los propios actores, en sus posibilidades de acción, en sus propios recursos y no exclusivamente en sus carencias, y también en la dimensión estructural de la problemática; mientras el enfoque de la exclusión releva la dimensión relacional, y el carácter social y dinámico de los procesos de desvinculación en que se involucran -voluntaria o forzadamente- las personas en situación de calle. La situación de calle se constituiría, entonces, como una “situación heterogénea compartida en diversos grados por distintos individuos” (Dubet, F. et al. 2000:175), pues estos serían administradores estratégicos de sus activos en los procesos de exclusión en que se ven inmersos.

Para tal efecto, se incorpora, en complemento a la perspectiva de la exclusión, el modelo “Activos-Vulnerabilidad-Estructura de Oportunidades” (AVEO), desarrollado en la CEPAL por Kaztman y Filgueira (1999) en estrecha relación con el anglosajón “Asset Vulnerability Framework” (Moser,1996). Su enfoque integral y su capacidad Ilustrativa de las dinámicas entre el nivel individual y estructural, posibilitan no perder de vista los procesos de exclusión y el modo en que los propios actores se sitúan y desenvuelven en ellos. Entendiendo la vulnerabilidad social como la probabilidad o riesgo de resultar afectado por los dinámicos procesos de exclusión y la incapacidad de neutralizarlos u obtener provecho, antes bien, es perentorio aclarar cómo se entenderán las tres nociones ejes de este modelo:

Estructura de Oportunidades: Las estructuras de oportunidades se definen como probabilidades de acceso a bienes, a servicios o al desempeño de actividades (Kaztman y Filgueira, 1999). Esta estructura de carácter multidimensional, asociada al contexto en que las personas se desenvuelven, permite o impide la movilización efectiva de los recursos particulares. Ésta se constituye como una configuración de rutas interrelacionadas hacia el bienestar y la obtención y reproducción de recursos, que “cambia con el tiempo y varía (…) entre países y sociedades” (Filgueira, 2001: 19).

Recursos: Llamándolos indistintamente “capitales”, se entenderán los activos como aquellos recursos (materiales y no materiales) propios de las personas o grupos, “cuya movilización permite el aprovechamiento de las estructuras de oportunidades existentes en un momento, ya sea para elevar el nivel de bienestar o para mantenerlo” (Kaztman y Filgueira, 1999:19) ante situaciones amenazantes en los procesos de exclusión social . A la inversa, los pasivos serían aquellos recursos personales o grupales que obstaculizan el aprovechamiento de la estructura de oportunidades en el despliegue de activos.
En la línea de Caroline Moser, Rubén Kaztman y Miguel Angel Malo, se presentan a continuación aquellas 3 dimensiones prioritarias en el fomento de activos o capitales en las poblaciones más vulnerables:

• CAPITAL HUMANO: Facultades de la personas que le permiten autosustentarse. A saber, competencias laborales, salud y formación educacional.
• CAPITAL SOCIAL: Vínculos o redes sociales establecidos por las personas. a) Redes Sociales Primarias: Familias u otros significativos. b) Redes Sociales Secundarias: vecindario, municipio, institución educacional, iglesia, organización y servicios sociales, etc.
• CAPITAL FÍSICO: Patrimonio, arriendo, ahorro y autogestión de vivienda y equipamiento.

Estrategias: Prácticas o comportamientos observables de articulación o movilización de recursos para la obtención una meta. Estas estrategias de despliegue y movilización de recursos pueden orientarse tanto a aumentar el bienestar y obtener otros activos (estrategias de promoción), como a neutralizar amenazas en los procesos de deterioro y exclusión; respectivamente, estrategias promocionales y adaptativas (Kaztman y Filgueira, 1999).

Desde una perspectiva que complementa los dos enfoques expuestos, las personas en situación de calle se presentan como personas inmersas en procesos dinámicos de desvinculación -o debilitamiento gradual de los lazos- con su entorno social, que permiten, facilitan o promueven que éste sea aislado, rechazado o, simplemente, que se le niegue la posibilidad de participar de la sociedad y de acceder a niveles de subsistencia socialmente aceptables. Estas personas participan con diversos activos en estos procesos de exclusión, pero en ningún caso serían los portadores de la exclusión social, como un atributo intrínseco a su constitución como personas. En este sentido, tampoco el “complex assets portfolio” que portan estas personas es estático, puesto que pueden ir incorporando o perdiendo recursos, así como también pueden convertirse en activos aquellos recursos que operaban como pasivos, y a la inversa. De tal manera, las personas en situación de calle -de modos diversos- harían frente, en la cotidianeidad, a amenazas de mayor deterioro y menoscabo por parte estos procesos, desplegando -a partir de particulares estrategias- sus propias capacidades y recursos. Pues es necesario recordar que los procesos de exclusión social estarían encarnados en relaciones establecidas entre actores en momentos y espacios sociales particulares, donde se combinan e interrelacionan diversas dimensiones (materiales y no materiales).

Como protagonistas de sus propias vidas las personas en situación de calle, se enfrentan a condiciones estructurales adversas y a procesos de exclusión que, según apostamos, sólo pueden ser revertidos con el fomento de sus herramientas y capacidades, como también de un nivel de autonomía que les permita desplegar voluntaria y eficazmente estrategias orientadas a aprovechar la estructura de oportunidades disponible y a proteger su bienestar biopsicosocial de las arremetidas de los procesos de exclusión. Pues la situación de calle estaría asociada significativamente a un desarrollo insuficiente de activos y a un despliegue de estrategias precarias y poco efectivas en el marco de determinada estructura de oportunidades. Dicho en otros términos, la situación de calle se asociaría a un desfase entre potencialidades y competencias, entre intenciones y resultados y no a una supuesta autodeterminación de vivir así, pues basta recordar que sólo el 14% de las personas catastradas el año 2005 en Chile aduce que su situación responde a una decisión propia .

En última instancia, las personas en situación de calle se constituyen como una de las poblaciones más vulnerables frente a la exclusión social, y como tal, constituyen un foco de intervención que amerita aproximaciones multidimensionales, interdisciplinares y, por lo tanto, un fuerte despliegue de esfuerzos e inyección de recursos. Esta particularidad releva a las personas en situación de calle como un grupo prioritario en el trabajo de la Fundación Hogar de Cristo, dentro de la gama de poblaciones socialmente desfavorecidas.


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II. Oportunidades y límites en el abordaje teórico de la
situación de calle

Reflexiones entorno a posibles líneas de acción

Edison Márquez Neira

1.- Personas en situación de calle y sociología.

La problemática de las personas en situación de calle (PSC) no es un fenómeno reciente, mas sí su denominación conceptual. Desde el Hogar de Cristo y la Red de experiencias vinculadas a la temática de las personas en situación de calle (Red-Calle), se ha tornado relevante tal concepto para denotar la situación de las personas que habitan las calles, la posible transitoriedad de tal situación, los procesos de desvinculación social que experimentan respecto de varios ámbitos de la sociedad y para dar cuenta que la esencia del problema no son las personas en sí mismas, sino el contexto y las circunstancias que la rodean. Tales personas se encuentran en una situación de extrema pobreza y exclusión social, entendiendo a esta última como la ruptura de los vínculos con los diversos ámbitos de inclusión social. Entre tales vínculos se encuentran el trabajo, la familia, la comunidad política, las políticas públicas, etc. Según un documento interno al Hogar de Cristo, las PSC son “aquellas personas que se encuentran en un proceso de exclusión social e indigencia, con carencia de hogar, y ruptura de vínculos con sus familias y con las instituciones sociales” (Hogar de Cristo, 2004:3).

Precisamente por la relevancia que adquiere la exclusión social en la situación de estas personas, el objetivo central del siguiente documento será problematizar la perspectiva de la exclusión social en que se inscribe la mirada de Hogar de Cristo y del Programa Acogida en particular. Tal opción analítica implicó un cambio de perspectiva respecto a la tradicional mirada de la pobreza en torno a las carencias materiales, medidas fundamentalmente según los ingresos y la capacidad de consumo de los sujetos . El cambio de mirada desde la pobreza hacia la exclusión social se asume como fructífero en tanto revela dimensiones no-materiales o no-económicas de la pobreza. Tal giro forma parte de una discusión más general respecto a la pobreza y sus enfoques alternativos. No es posible entender, por lo tanto, lo nuevo de éste sin atender a las concepciones anteriores. Ahora bien, el presente documento no tiene por finalidad presentar tales diferencias. Al contrario, las toma como datos o como conocimiento previo para generar la discusión necesaria. La idea es poner en evidencia las ventajas y desventajas de tal enfoque, sus limitaciones y potencialidades, sus supuestos y consecuencias. En este sentido, más que una exposición del enfoque y sus características, se intenta dar a conocer las reflexiones que es posible desprender de él.

Si bien una instancia de reflexión no es privativa de la ciencia ni de una disciplina particular de ella, se entiende que algo nuevo debiera aportar a una instancia de este tipo la sociología. Aunque tampoco existe consenso respecto a qué debiera ser un pensamiento o análisis propiamente sociológico, el siguiente texto abordará la problemática de la exclusión social desde, al menos, dos perspectivas que han sido transversales a la sociología: el tema de la relación entre estructura y sujeto, y aquel que gira en torno al actor social y la acción colectiva. Se pretende que con el correr del texto se clarifique tal opción y se logre comprender en qué medida tales claves de análisis son problemáticas relevantes para la sociología.

2.-Exclusión, integración y alternativas de superación.

Modelo de Castel y la centralidad del trabajo.

En relación al concepto de exclusión social aun no existe consenso respecto su dimensión teórica y metodológica. Si bien es un concepto de mediana data (surge en los años 70 en Europa), solo a partir de la década de los 90 diversos organismos se apropian del enfoque para entender el fenómeno de la pobreza y la desigualdad, aunque sin llegar a construir una perspectiva única de investigación.

Su origen se remonta a la crisis del Estado de Bienestar y del trabajo que se perfila a mediados de los años 70 en Europa (Martínez López, 2005; Castel, 1997; Rodríguez Guerra, 2002; Zipcioglu, 2004; Vázquez, 2004), y pretende revelar los procesos caracterizados, primeramente, por un amplio desempleo y, luego, por una creciente inestabilidad y fragilidad social dado el creciente desmoronamiento de las protecciones y regulaciones asociadas al mundo del trabajo. Aun cuando el posterior repunte económico mitigó las primeras consecuencias sociales, las nuevas exigencias de la economía en los años 80 (flexibilidad, competitividad, productividad, exigencia tecnológica) generaron un desempleo estructural que instaló a la exclusión como el rasgo propio de la sociedad en los tiempos actuales, o sea, aquel desempleo que no responde a los vaivenes cíclicos de la economía o a movimientos coyunturales, sino que son propios del nuevo patrón de acumulación capitalista (Rodríguez Guerra, 2002). La principal consecuencia de este proceso fue la degradación de la condición salarial (Castel, 1997). Según Castel (Castel, 1997; Zipcioglu, 2004; Vázquez, 2004) la articulación entre trabajo y protecciones que se construyó en el siglo XX –la llamada sociedad salarial- comenzó a desmoronarse, con la consiguiente pérdida de dos dimensiones claves de la vida social: el sustento material y los vínculos sociales. De acuerdo a su enfoque, el trabajo no sólo otorgaba medios de subsistencia física, sino además, y fundamentalmente, reconocimiento e identidad social a los individuos, con la consiguiente cohesión social en la sociedad. Las protecciones asociadas al trabajo se constituyeron en los principales soportes colectivos del individuo, contribuyendo a su realización como tal y otorgándole un lugar útil en la sociedad (se encuentra respaldado por un conjunto de protecciones dentro y fuera del espacio del trabajo). Así entonces, Trabajo y Propiedad social (Estado Social) se constituyeron en los soportes (mecanismos, dispositivos) de la cohesión social, garantizando solidaridad e integración social. En este sentido, el concepto de trabajo significa algo más que la condición del empleo, pues el trabajo no sólo representa un medio de provisión de ingresos para la supervivencia física, sino que además define nuestra relación con el entorno social al tiempo que genera los lazos intersubjetivos, o sea, vínculos sociales con los demás sujetos.

Sin embargo, al perder el individuo su condición salarial (a causa de la expulsión del mercado de trabajo y de la perdida de la función social del Estado), pierde también su base material y social que le permiten reproducir, respectivamente, su existencia y su sociabilidad. El “individuo positivo” –aquel conformado en el seno de la sociedad salarial- cede lugar al “individuo negativo”, definido por defecto, pues se encuentra en un estado de desprotección. En el contexto actual, la condición del individuo se vuelve vulnerable al ser inestable y precaria su inserción en el mundo del trabajo, y también se torna frágil su lugar en el espacio social al carecer de las protecciones sociales necesarias. Por lo tanto, la seguridad del individuo asociada a la centralidad del trabajo se vuelve problemática hoy en día, lo que plantea el problema de la integración social.

Según Castel, este proceso de degradación de la condición salarial derivó en la desestabilización del trabajo estable y protegido, conformando una suerte de tres zonas topológicas: desestabilización de los estables en la zona de integración, instalación de la precariedad en la zona de vulnerabilidad y emergencia de los supernumerarios (inútiles para la sociedad; generados por ésta, pero innecesarios para su dinámica) en la zona de exclusión. Como se observa, se ven cuestionados ambos aspectos de la sociedad salarial: el trabajo (precariedad laboral) y las protecciones (fragilidad de los soportes colectivos, de las protecciones y regulaciones), o sea, tanto su aspecto material como social. La salvedad que hace Castel respecto a este proceso es que lo más relevante es la instalación de un continuo de posiciones sociales, donde los límites entre la vulnerabilidad y la exclusión son difusos. De ahí que prefiera hablar de desafiliación en vez de exclusión, pues aquel concepto denota el aspecto procesual de la degradación de la condición salarial y no tanto el resultado en que tal proceso confluye .

Trabajo y otras instancias de integración social.

Aun cuando la perspectiva analítica de Castel ha sido una de las más elaboradas últimamente, ella no está exenta de cuestionamientos, particularmente si se piensa desde el fenómeno social de las PSC. Lo primero que puede apuntarse es una señal de alerta respecto a la perspectiva de la exclusión, tanto de aquella elaborada desde Europa en general como aquella propia del modelo de Castel. Lo importante para la realidad de Chile y Latinoamérica es preguntarse por la especificidad del concepto. Sabemos su origen europeo y a qué realidades pretendía dar cuenta. Sin embargo, respecto a la región latinoamericana, hay que preguntarse el por qué de su adopción, por qué tendría una potencia analítica hoy en día respecto a ciertos fenómenos o problemáticas. Tal es una pregunta pertinente para saber a qué concepto o grupos de conceptos intenta reemplazar, además puede caber la posibilidad que nos apropiemos de un concepto “foráneo” para dar cuenta de realidades que han sido históricamente pensadas en la región y, más aun, mediante conceptos propios o similares.

Si bien no se pretende defender un tipo de realidad sui generis, es relevante la pregunta por cuanto parte de la discusión Europea sobre el concepto de exclusión social gira en torno a la desestructuración o crisis del Estado de Bienestar y la crisis de la sociedad salarial. Mas, en América Latina, aun cuando pueden observarse fenómenos similares, no hubo ni un Estado de Bienestar, ni una sociedad salarial a como lo hubo en Europa, lo que lleva a cuestionar, o a advertir, sobre la aplicación mecánica del concepto. En efecto, si aceptamos sin más (de modo inconsciente, no-reflexivo) el concepto de exclusión corremos el peligro de pensar problemáticas que ya han sido tratadas y quizás con otros conceptos, o bien, el peligro de cometer viejos errores, quizás al alero de otros términos conceptuales, pero que abordaban las mismas problemáticas.

Un segundo punto, quizás de mayor relevancia que el anterior, tiene que ver con una contraposición entre el modelo de Castel y la perspectiva de quienes apuntan a diversas instancias de exclusión social. Como señalamos al comienzo, usualmente la exclusión social se concibe como un proceso de ruptura de los vínculos con las diversas instancias de inclusión social (Egenau et al, s/f; Hogar de Cristo, 2004; Gacitúa, 2000). La cuestión central es que desde Castel se erige al trabajo como la principal instancia de integración social. La instalación de la precariedad laboral, entonces, eleva como prioritaria la vulnerabilidad y exclusión social frente al trabajo estable y las protecciones. ¿Qué sucede entonces? ¿Es en Castel la exclusión laboral el tipo fundamental de exclusión social?

La crisis de la sociedad salarial lleva a Castel a atender la vulnerabilidad social más que la exclusión en sí misma, porque la primera da cuenta de un punto critico donde no sólo el trabajo en tanto empleo se ve cuestionado por los procesos de flexibilidad laboral, precariedad laboral y similares, sino ante todo, el trabajo en tanto mecanismo de integración social, mecanismo que genera lazos intersubjetivos, vínculos relacionales. En la actualidad, la zona de vulnerabilidad se está extendiendo, está ampliando sus márgenes, con lo que compromete a más individuos y grupos a una situación de inestabilidad social. En el extremo, la exclusión social daría cuenta de una situación (o proceso) donde los individuos que en ella se encuentran ya han perdido todo vinculo social, todo lazo subjetivo. Es más, pensando en las PSC, se podría afirmar que el aspecto que tienen más dañado dice relación con la integración social, con los vínculos intersubjetivos, con los vínculos relacionales. Esto, por cuanto el aspecto material lo satisfacen de alguna u otra forma (asistencialismo o por trabajo precario, como comercio ambulante y otros). No obstante ello, se puede argumentar en torno a una cierta forma de “protección cercana”, una sociabilidad cercana que suple la falta de integración social vía los soportes colectivos otorgados por el Estado, que mitiga, hasta cierto punto, la ausencia de protección social que padecen .

Ahora bien, lo planteado por Castel y seguidores toma como referente de la integración social al trabajo, pero ¿qué sucede con sociedades que no tienen al trabajo como eje central de la integración social o que desde ya largo tiempo atrás viven la precariedad laboral, como el caso de Chile, en tanto pionero de las reformas neoliberales? ¿Qué sucede con sociedades no-salariales? ¿Es posible pensar que frente a la ya enraizada precariedad laboral aún no se han generado instancias complementarias de integración social? ¿Cómo es posible la vida social sin ese componente fundamental? Si bien no podemos decir de manera fundada que el trabajo ha dejado de ser un eje de integración social, es posible dudar si él es o sigue siendo la única instancia de integración social . Al contrario, es posible llegar a pensar que si antes fue el trabajo un mecanismo de integración social, pero que se extinguió con las medidas neoliberales y de ajuste estructural, en todo este tiempo se generaron mecanismos sustitutos del trabajo para producir integración social, que otorgaran identidad individual y colectiva. Eso sí, aunque ello fuera cierto, todavía quedaría por saber si tal sustitución ocurrió en el mismo grado, con la misma intensidad y con la misma calidad que otorga u otorgaba el trabajo.

Entonces, ¿es posible hablar de exclusión y de vulnerabilidad desde otras esferas que no sea el trabajo o el empleo? Esferas, eso sí, que también sean constitutivas del ser social (que sean vehículos de integración social). Semejantes ideas no surgen del vació. Basta recordar el énfasis que pone el Hogar de Cristo (y no sólo ellos) en los vínculos familiares, comunitarios y sociales. Quizás estos lazos sociales son relevantes hoy en día precisamente por la ausencia de vínculos a través de los soportes colectivos, o bien, tal vez siempre lo han sido. En definitiva, es la pregunta por los vínculos sociales en sociedades con creciente precariedad laboral y si la exclusión de un ámbito de integración social (el caso del trabajo, por ejemplo) no implica necesariamente ruptura de los lazos sociales. Estos, bien pueden nutrirse de otras esferas sociales y no únicamente del trabajo. De lo que se trata es de reivindicar y fortalecer aquello que se considere como fuente de identidad social, de realización humana, sea el trabajo, la acción, el discurso, el consumo, la participación en los asuntos públicos, la familia, la participación cultural, etc. La importancia práctica de este punto es clara, pues cuando se pretenda medir la exclusión social –en vistas de su superación, tal vez-, hay que considerar como clave aquel mecanismo de integración social que se ve dañado. Para medir la exclusión social en sociedades no salariales, quizás el trabajo (o sea, la ausencia de empleo) no sea un buen indicador de rompimiento de los vínculos sociales, de la ruptura de los lazos intersubjetivos. Así, por ejemplo, si en la Argentina un indicador válido de exclusión social o vulnerabilidad social bien puede ser el acceso al mercado del trabajo (trabajo asalariado estable), por cuanto la presencia de una situación donde predomine el trabajo precario nos hablaría de frágiles vínculos sociales, de frágiles lazos sociales, por lo tanto, de una situación donde la identidad social se ve afectada (Zipcioglu, 2004; Graffigna, 2004; Vázquez, 2004). En Chile, en cambio, aunque tal referencia puede ser igualmente válida, por cuanto el trabajo ha sido y es aun la fuente principal de protección social, de otorgamiento de derechos sociales, hoy en día otras instancias sociales pueden ser buenos indicadores de la exclusión social en tanto cumplen igualmente la función de integración social.

Según lo visto, entonces, podemos desprender que la exclusión social pensada exclusivamente desde el trabajo puede plantear ciertas limitaciones teóricas, analíticas y practicas. Es posible aceptar el modelo de Castel y, paralelamente, sostener que existen otros mecanismos o formas de integración social, de sociabilidad, más allá del trabajo o, incluso, por sobre él. En fin, se trataría de pensar que la integración social no es privativa solamente del trabajo.

Integración social, integración económica y participación política

Ahora bien, ¿qué se entiende por integración social? ¿Integración social como vinculación con las mediaciones institucionales (sociales y políticas) de la “idea de sociedad”, o integración social como forjamiento de una identidad social, colectiva, la cual puede obtenerse en “comunidades” y no necesariamente en vinculación con las instituciones sociales? Ello apunta a que se pueden forjar vínculos sociales con la comunidad cultural, aun cuando no con las instituciones (Touraine, 1997).

Las consecuencias son claras para las PSC. Según la concepción que se utilice, o bien, se buscará su re-vinculación o vinculación con las mediaciones sociales y políticas de la “sociedad” (el Estado de derecho), o bien, el reconocimiento (respeto y tolerancia) de la identidad cultural propia, ya que ésta es suficiente para otorgar identidad. Pareciera que estos dos aspectos de la integración social surgen en las demandas de las PSC: oportunidades reales para dejar la calle e integrarse a la vida social y legitimar la opción de permanecer en la calle como una forma de vida. A su vez, pareciera que Castel entiende el aspecto de la sociabilidad, de la integración social que implica el trabajo, como el primer tipo de integración social, o sea, como el vínculo del individuo con las instituciones sociales y políticas de la “sociedad”.

Por otro lado, y desde otra óptica, también es posible cuestionar el modelo de Castel e incluso a quienes postulan la integración social vía otras instancias sociales. La pregunta apunta a determinar si la integración social por medio del mercado y las demás instancias sociales es suficiente para sostener que por su intermedio se alcanza la realización del individuo o del ser social:

“Nadie puede ser llamado feliz sin participar en los asuntos públicos; nadie puede ser llamado libre sin experiencia de las libertades públicas, y nadie puede ser llamado libre o feliz sin participar en el poder público”. (Hannah Arendt) .

El punto clave es si la integración social implica, desde Castel u otros, solamente la incorporación al mercado, o también la incorporación al Estado (Salazar, 1998b). Incorporarse al Estado significa participar en el poder público, en su determinación, en la formación de la voluntad política y, en la sociedad moderna, significa la posibilidad de la determinación general de las condiciones de existencia. La pregunta de fondo es: ¿cómo se pertenece al conjunto social?, ¿es necesaria la participación política o sólo basta la incorporación al mercado? Para el Hogar de Cristo, la dimensión política es relevante dentro de la exclusión social, pues es una instancia social de la cual las PSC se encuentran desvinculadas .

En este punto sucede que nos topamos con una de las dificultades del enfoque de la exclusión social: la falta de relación teórica entre las distintas dimensiones de la exclusión social y la importancia o peso de cada una de ellas (Gacitúa, 2000). A pesar de ello, algunos autores se atreven a postular ciertas relaciones causales entre las distintas dimensiones. Perry señala lo siguiente: “si una persona no participa igualitariamente en los procesos políticos, o si no tiene la oportunidad de participar en condiciones de igualdad dentro de un grupo social en el diseño de programas, no puede sorprender que él o ella sean discriminados en el acceso a los programas y a las instituciones que controlan la operación de los mercados de trabajo” (Perry, 2000: 8. Subrayado nuestro). O sea, si no existe participación política y participación en las políticas públicas (diseño, ejecución, evaluación) por parte de ciertos grupos sociales, es probable que su acceso a los bienes públicos (educación, salud, previsión, etc) y al mercado de trabajo se vea limitado. En este sentido, la participación política aparece como determinante en los procesos de exclusión social. Por otro lado, Figueroa, en un intento por explicar la desigualdad y pobreza que genera el proceso económico, presta atención a las variables exógenas y constata que la desigual situación de las condiciones iniciales (desigual dotación inicial de activos políticos y activos culturales) explicaría los resultados negativos del proceso económico, y no sólo la desigual distribución de los bienes económicos (Figueroa, 2000).

Si bien es posible aceptar tales argumentos, hay que ser cuidadosos en cuanto a no perder de vista la perspectiva general en que se inserta la exclusión social y las consecuencias negativas que puede tener una aceptación a ciegas de tales posturas. En efecto, ambos autores señalan a la exclusión social (la no-participación política) como variable o modelo explicativo del no-acceso a los bienes públicos y el mercado de trabajo y de la desigualdad y pobreza que genera el proceso económico. Ahora bien, sin entrar a discutir mayormente tales posturas, es posible señalar junto a Rodríguez Guerra (Rodríguez, 2000), Castel (Castel, 1997), Nun (Nun, 2000) y otros, que la dinámica actual del proceso económico y social, una dinámica excluyente, es un rasgo estructural y no meramente coyuntural al proceso. Es más, si nos apropiamos de la teoría marxista, es posible sostener que el mercado capitalista (el proceso económico) es inherentemente desigual, o sea, lo es por el carácter de la estructura capitalista. De este modo, no se trata de ocultar o negar los procesos de exclusión social (políticos, culturales y la desigual distribución de las condiciones iniciales), sino de advertir ciertos sesgos ideológicos con consecuencias prácticas de relevancia. Es posible sostener la importancia de los procesos de exclusión social, pero eso no implica postular que explican la desigualdad social ni la pobreza. En última instancia, y dentro de la perspectiva marxista, si pensamos en igualar las condiciones iniciales (superar la exclusión política y cultural) sin operar ningún cambio en la estructura del proceso económico, a lo más, es probable esperar una igualación de las diferencias entre los pobres. Figueroa aduce que la mayor incidencia de la pobreza en los grupos indígenas evidencia la relevancia de la exclusión cultural, pero si no se trastoca la estructura del proceso económico, sólo sería posible esperar una igualación entre los grupos pobres, pero no la eliminación de la pobreza ni la superación de la desigualdad social. Se superaría la exclusión política y cultural, quizás, pero la exclusión del proceso económico persistiría y quedaría por ver si de este modo se alcanza la anhelada realización del individuo.

Posibilidades de acción desde las PSC y el Hogar de Cristo.

Plantear raíces estructurales de ciertos problemas sociales conlleva consecuencias prácticas de amplias dimensiones, por cuanto según desde donde se efectúe la intervención o acción, sus posibilidades de ser efectivas se pueden reducir al mínimo. En efecto, pensando desde el Hogar de Cristo ¿qué alternativas reales de intervención pueden plantearse?

Operar cambios en la dimensión estructural pareciera un desafió ingente tanto para las ONG como para los “virtuales” actores sociales que puedan surgir desde las PSC. El carácter estructural de la exclusión social no sólo limita las posibilidades de acción del Hogar de Cristo, sino también el logro de, al menos, dos tipos de demandas de las PSC: a) oportunidades reales de integración social y b) legitimación / valoración de la forma de vida en la calle . Esto, por varios motivos, entre ellos: por carecer de los estudios necesarios sobre las dinámicas estructurales que pudieran proveer la información que guíe una línea de intervención fundada; por ser mucho menos difícil la intervención en los individuos (con todas las dificultades que conlleva); y porque el cambio de las condiciones estructurales, según sea el objetivo que se quiera alcanzar (a o b), es un cambio que deben operar los actores sociales colectivos, por cuanto tal tipo de cambio involucra a las relaciones de poder generales de la sociedad. En la sociedad moderna, el cambio de las condiciones de existencia supone una lucha política, pero esta sólo puede llevarse a cabo por actores colectivos, al menos, si se pretende maximizar las posibilidades de éxito.

Ahora bien, el punto clave es si las PSC constituyen o no un actor social colectivo. Según Castel (Castel, 1997), los supernumerarios (que en cierto modo pueden asimilarse, en algunas características, a las PSC) no constituyen un actor social. Entonces, ello afecta de sobremanera el logro de sus objetivos o demandas, porque si ellos mismos no pueden embarcarse en la lucha política, se ven obligados a confiar sus posibilidades en otros (ONG, Gobierno, parlamentarios, etc). Aunque ambos objetivos se ven cuestionados, es el segundo de ellos el que se ve más trastocado, porque la exclusión cultural , como dice Fleury (Fleury, 1999), se asienta en ciertas normas (legales y /o sociales) que ratifican la exclusión de la diferencia. Y aquí volvemos nuevamente al tema de la lucha política, puesto que la normativa vigente de la sociedad (los patrones valóricos, normativos y culturales) no está exenta de las dinámicas de relaciones de poder de la sociedad. En efecto, según cierta perspectiva teórica, son los grupos dominantes quienes imponen los modelos culturales y normativos, en oposición, claro es, a modelos alternativos “virtuales” de los dominados, o sea, la normativa es la expresión de las relaciones sociales vigentes. En este sentido, el cambio necesario de los modelos normativos y culturales, para superar la exclusión cultural, y así legitimar socialmente la forma de vida en la calle, requiere acción social y política en vista de operar cambios en las relaciones de poder –en las relaciones sociales- para incidir en los patrones valóricos. Según sea el grado de radicalidad de las demandas, variará el grado de influencia necesaria en las relaciones de poder. Objetivos radicales suponen cambios radicales. Por lo tanto, según lo visto, no es posible disociar la dinámica estructural de la exclusión social, de la lucha política (que también compromete el grado real de participación política) y del logro de los objetivos de las PSC. El primer objetivo se torna más alcanzable, por cuanto no implica un cuestionamiento general del modelo cultural, valórico y normativo de la sociedad (no implica un cambio radical del sistema de dominación), sino sólo un cuestionamiento de su eficiencia económica y social, en cuanto a las oportunidades limitadas que otorga.

Ahora bien, ¿qué salida es posible perfilar, al menos desde el radio de acción del Hogar de Cristo? Pareciera que la opción por una intervención en el sujeto (persona, familia o comunidad) es la más realista en las actuales condiciones. Según un modelo teórico reciente (modelo AVEO ), es posible conjugar tanto la dimensión estructural como la subjetiva o individual del fenómeno de la pobreza y la exclusión social. Sus tres componentes analíticos básicos (activos, vulnerabilidad y estructura de oportunidades) proveen una línea de acción que apunta a movilizar el conjunto de activos que poseen los sujetos para el mejor aprovechamiento de la estructura de oportunidades. Este enfoque, más que destacar las carencias de los sujetos, realza y potencia las capacidades, habilidades y estrategias de ellos para el enfrentamiento de la vulnerabilidad hacia la pobreza o hacia la exclusión. Si bien este enfoque permite salir del inmovilismo –en cuanto permite la acción o intervención en el sujeto- aún quedaría por saber en qué medida las intervenciones basadas en éste podrían ser realmente efectivas en superar procesos que poseen rasgos estructurales. Cabría pensar, más bien, que así sólo se mitigarían los efectos negativos de los choques socioeconómicos externos, pero no las raíces de la exclusión y la pobreza.

Sin embargo, tal enfoque no sólo presenta estas posibles limitantes, sino que también perfila ciertas salidas más radicales (que atacan la raíz del problema). Según Cardoso y Faletto (Cardoso y Faletto, 1969), existe una dialéctica entre estructura y proceso, por cuanto la acción histórica de los sujetos, a pesar de encontrarse limitada y determinada por la estructura, es capaz, a través de los movimientos y luchas sociales, de transformar las estructuras de base. Otro autor más contemporáneo (Bourdieu) plantea algo similar cuando señala que en los campos de la sociedad (concepto que señala micro espacios sociales, con lógicas internas y una estructura de relaciones entre posiciones sociales que ocupan los agentes que se mueven dentro del campo) lo que está en juego en las luchas y relaciones de fuerza que libran sus agentes es precisamente la estructura del campo y sus reglas. O sea, cada agente participará en esta lucha con un conjunto determinado de capitales, según su posición en el campo, para determinar su cambio o continuidad. En síntesis, es posible perfilar una lógica de acción similar en el modelo AVEO, pues el conjunto de activos que poseen los sujetos no necesariamente pueden utilizarse en estrategias para movilizar activos, acumular más de ellos o valorizarlos, sino también para operar cambios en la estructura de oportunidades. En este sentido, a pesar de la lógica de intervención en el sujeto del modelo AVEO, nada impide que uno de los objetivos de tales intervenciones pueda ser intervenir, a través de la acción de los propios sujetos, en la dimensión estructural de los procesos sociales, en la estructura de oportunidades.

Una última cuestión respecto al modelo AVEO tiene que ver con su rescate de las potencialidades de los sujetos y no sólo de sus carencias. El tema clave es el siguiente: aunque retoma como Castel la noción de vulnerabilidad social, adopta el aspecto “positivo” (capacidades, potencialidades, activos) y no sòlo el “negativo” (carencias, y desde Castel, debilitamiento del reconocimiento social, reemergencia individuo negativo) de esta situación. La pregunta es si el rescate de lo “positivo” –capacidades y potencialidades de los sujetos-, que es el punto a favor del modelo AVEO y que lo distingue de los anteriores enfoques, logra subsanar el aspecto “negativo” que tiene como consecuencia la vulnerabilidad social. O sea, si finalmente logra revertir el debilitamiento de los lazos sociales, la creciente perdida de reconocimiento social que implica tal carencia. Si lo pensamos desde el trabajo, la pregunta apuntaría a saber si la mejor inserción en la estructura de oportunidades laborales por medio de la movilización de los activos garantiza no sólo el aspecto material del trabajo –mejores ingresos o más estables, por ejemplo-, sino además su aspecto social, aquel que involucra lazos sociales, la identidad social, en fin, la realización individual y el reconocimiento social.

III.- Conclusión.

Como se ha podido ver, tanto la integración social como la exclusión social se han pensado desde distintas instancias sociales, aunque ha predominado la esfera laboral, por su doble connotación, material y social a la vez. La atención prioritaria que se preste a cada instancia social no sólo significa la adopción de perspectivas distintas de encuadre del problema, sino que también implica –como se ha intentado mostrar- consecuencias prácticas de enorme relevancia, ya sea para las posibilidades de acción desde el Estado, desde el Hogar de Cristo como desde las PSC. En otras palabras, según el acento que se preste a la dimensión estructural o subjetiva del problema, a una u otra instancia de integración social y se perfile un tipo u otro de acción y actor social, las consecuencias, en la práctica, serán distintas.

A continuación cerraremos el texto con tres puntos que pensamos sintetizan parte de las problemáticas planteadas en el texto, a la vez que abren nuevas preguntas.

En primer lugar, a lo largo del texto intentamos apropiarnos de manera crítica del modelo de Castel y dejamos planteada una interrogante . Recalcamos que a pesar de la insistencia de muchos en la importancia de la exclusión del mercado del trabajo (fenómeno coyuntural según algunos, estructural según otros), se reconoce que ésta no es la única dimensión relevante de la exclusión social. Sin embargo, aun cuando se reconozca este hecho, ¿puede considerarse igualmente una condición necesaria, aunque quizás no suficiente, de la integración social, de la inclusión, o sea, que a pesar que la exclusión laboral no es la única dimensión significativa, sigue siendo primordial en tanto superación de la exclusión social? Si lo pensamos desde Castel, una razón poderosa para insistir en el trabajo como mecanismo de integración social, es que éste otorga un estatuto al individuo, es decir, un lugar útil en la sociedad, en condiciones en que la protección cercana casi se ha desvanecido. El trabajo, junto a las protecciones y regulaciones instaladas a través del Estado Social, reemplazaron la protección cercana de los siglos XVII y XVIII. En este sentido, entonces, puede comprenderse la insistencia de este tipo de perspectivas. Por lo tanto, si bien el trabajo no es la única instancia de inclusión o integración social como lo han hecho ver varios autores, parece que sigue siendo preeminente en la sociedad actual. En términos simples, sigue siendo necesario, aunque no suficiente.

Por lo tanto, dada la persistente relación entre trabajo y protección social en la sociedad actual (entre trabajo e integración social, o lo mismo, entre trabajo y derechos sociales), pareciera, entonces, que no puede ser superflua la demanda por trabajo formal, por cuanto el acceso a éste determina el grado de protección social de las personas. Una alternativa distinta a ello, sería demandar derechos sociales sin la necesidad de poseer un trabajo formal, es decir, el otorgamiento de protección social con independencia del tipo de trabajo o, incluso, con independencia de la posesión o no de un trabajo. Tal demanda, considerando la particular situación de las PSC, calzaría perfecto con ellos. Sin embargo, pareciera que ésta no tiene correlato con el actual funcionamiento social ¿Cuál es el tope? En la actual configuración social (impositiva, normativa, etc.) la protección social (salud, educación, previsión social) está asociada básicamente a la capitalización individual, por lo que la no posesión de un trabajo cuestiona las arcas fiscales. La demanda puede ser igualmente legítima, pero en las actuales condiciones políticas se torna inviable. Ahora bien, si se insiste tanto en la segunda demanda como en la primera (aun cuando la alternativa de trabajo formal para todos o la gran mayoría tiene actualmente un impedimento estructural, y casi “ontológico” al capitalismo), el foco de acción debe necesariamente, para ser efectivo, adoptar un cariz político. Entiéndase, nuevamente, como político no solamente aquello que se hace en la esfera política ni que solo realizan los políticos, sino aquello que apunta –cuestionando o avalando- las relaciones generales de poder frente a ciertas temáticas. En este caso particular, la problemática de la protección social y el trabajo adopta tinte político por cuanto compromete decisiones en estos ámbitos, más o menos radicales según sea el grado de la demanda.

Aun más, la lucha por el trabajo formal se acentúa considerando las claves analíticas de Castel, pero no tanto en cuanto a las protecciones y regulaciones asociadas al trabajo –lo cual de por sí es importante-, sino en cuanto a las consecuencias sobre el individuo que conlleva la pérdida de esas regulaciones y la precariedad económica. En definitiva, es la pregunta respecto a qué puede reemplazar esos “soportes”, para devolver el reconocimiento e identidad social al individuo.

En segundo lugar, considerando que el frente de intervención del Hogar de Cristo o algunos de sus Programas se enfoca principalmente a fortalecer los recursos de las personas, su lógica de intervención debiera ir, tal vez, no sólo en la línea de asimilar o adaptar las potencialidades de las PSC a la estructura de oportunidades, sino en el sentido de reivindicar las acciones y formas de vida de las PSC . Como vimos al último, es posible integrar la dialéctica estructura / proceso dentro del modelo AVEO. Esta opción teórica se torna en la práctica una exigencia imperiosa si es que no se quiere dejar de lado el segundo objetivo de las PSC, que tiene que ver con la forma de vida que quieren reivindicar y legitimar socialmente.

En términos del PNUD, podemos decir que las demandas de las PSC no sólo tienen como objetivo ser beneficiarios del desarrollo, sino además quieren ser sujetos, participantes de él (gobernar los cambios sociales, convirtiéndose no sólo beneficiarios del desarrollo, sino también sujetos del desarrollo). Ahora bien, hay que asumir todas las consecuencias de este ser sujeto del desarrollo y no sólo beneficiario de él: ser sujeto del desarrollo puede implicar sólo querer gestionar de un modo distinto el desarrollo (apropiarse de él, hacerlo más eficiente), o bien, imprimirle un nuevo sentido y contenido (cuestionarlo, querer una transformación de la forma de vida que tiene lugar en la sociedad actual). En este sentido, la problemática de fondo apunta a determinar si los procesos de integración, de inclusión, de incorporación, de inserción o el acceso, la asimilación, etc, a la sociedad, son procesos que significan una eliminación de la diferencia, o bien, son procesos que incorporan y valorizan la diferencia.

Por otro lado, como se ha venido recalcando, tales procesos no se generan en el vacío social, sino que provocan tanto apoyos como oposiciones, por lo que la dimensión de acción política para superar la exclusión cultural se eleva como ineludible. Se torna prioritaria, porque, en última instancia, ciertas acciones de las PSC, de las cuales el Hogar de Cristo puede ser o no tributario, plantean un tema político ¿Cuál? La reivindicación de cierta forma de vida y el otorgamiento de ciertos derechos, demandas que implican la adopción de ciertas decisiones.

En tercer lugar, podemos desprender una cierta línea prioritaria de acción en las actuales condiciones sociales, que sintetizan en términos prácticos las ideas anteriormente expuestas. Ella, comprometería una demanda por acceso al trabajo formal por las protecciones sociales que otorga, y una demanda por incorporación al Estado, para así, de manera política, determinar las condiciones de existencia. Vale decir, una demanda laboral y una demanda política. Pero ¿qué sucede con la exclusión cultural, con la poca valoración social de las PSC, con su discriminación? Su solución pasa por un tema de derechos y por un tema cultural. Ahora bien, como los patrones ideológicos y culturales (valóricos y normativos) no están al margen de la dinámica socioeconómica (recordar que desde ciertos paradigmas el ser social determina la conciencia social) y ésta, a su vez, opera dentro de un cierto marco político que la condiciona, entonces nuevamente se perfila una salida política al tema, una salida que involucra la lucha política. O sea, si el cambio de los patrones normativos (legales y sociales) pasa por un cambio de las condiciones materiales (aunque no sólo de ellas) y éstas están condicionadas en su dinámica por los marcos políticos, entonces se precisa de un cambio –mayor o menor- de las relaciones de poder para así atacar simultáneamente las condiciones materiales y las patrones ideológicos (derechos, normas, leyes). En resumen, la línea de acción involucraría una demanda laboral, una demanda de participación política y una lucha política en pos del cambio de las relaciones sociales vigentes. El obstáculo a ello, sin embargo, pareciera recaer en la improbabilidad de constitución de un actor social colectivo desde las PSC –según señalan los autores para el caso de los excluidos-, único que puede embarcarse en tales tipos de demandas. Se desprende, entonces, la imperiosa necesidad de estudios que indaguen sobre las reales posibilidades de constitución de un actor social y acción colectiva desde las PSC.

Antes de finalizar, y dada la paulatina relevancia que adquirió la exclusión cultural a lo largo del texto, urge preguntarse lo siguiente: ¿cómo pensar la exclusión social desde la exclusión cultural y el carácter estructural que ésta asume? ¿Afecta lo dicho hasta ahora? ¿Compromete solo a la exclusión o a fenómenos más amplios y de más largo alcance? Tal es un tema que involucra a la problemática en cuestión, pero pareciera que se perfila más allá de ella. Solo se deja planteada la pregunta.

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